Vivo en un pueblo pequeño

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Vivo en mi pueblo pequeño,
la fe, la alegría, la paz del hogar
hay una niña morena
que tras el trabajo me llena de paz,
hay una ermita en el monte
que todas las tardes escucho cantar
y aquel arroyo tan claro que riega los campos que son nuestro pan...



… y aquí lo dejamos pues la historia cambia drásticamente, nos quedamos en el momento bucólico que evoca una vida plena y feliz.

Esto lo decía una canción de Victor Manuel mostrando una vida tranquila, una vida que ya no existe, al menos, de esa forma.

Yo también vivo en un pueblo pequeño, tranquilo y feliz, aunque no tan bucólico, pues la vida es dura y requiere mucho trabajo a cambio de unos ingresos muy ajustados, incluso
los considerados ricos son casi “normales” comparados con los que viven medio bien en la capital.

He de decir que realmente no vivo aquí, solo estoy uno o dos meses en el verano, soy uno de esos veraneantes que hacen que la población se doble o triplique.

Hoy me he levantado a media mañana como de costumbre, es lo que tiene el trasnochar, abro la nevera y veo la cazuela de leche con su buena capa de nata por encima, esta es de “cosecha” local, mi madre se la compra a Gelita, la vecina, la mujer del pastor que no por ser pastor va a tener solo ovejas, también tiene vacas, lecheras en este caso. Tomamos leche fresca, fresca, pues vamos a buscarla cada día a última hora de la tarde, justo después de ordeñar, todavía está caliente cuando la cogemos. También veo que ayer debieron regalarle algún litro. A veces Geña, Mari u otra vecina nos regalan algo de leche y cuando eso ocurre aparecen flanes, natillas y arroz con leche en el frigorífico.

Aquí hay que hacer un inciso, cuando nos da leche alguna vecina, lo normal sería no comprarla para no juntarnos con tanta, pero ya sabéis, cosas de pueblo ¿cómo no voy a comprar la leche donde la compro todos los días?¿qué dirán?…

Volvamos a las natillas y compañía, estas no tienen nada que ver con las hechas con leche embotellada, para notar la diferencia ¡¡tienes que probarla!!, indescriptible.
Me tomo mi buen vaso de leche cremosa con unas magdalenas del panadero que también son distintas y, por supuesto, mejores que las embolsadas.

Como todos los días, se oye murmullo en la calle, bastante a estas horas, salgo y ahí está todo el mundo con los cubos de leche ordeñada ayer por la tarde y esta mañana a primera hora. Están esperando a “la lechera” que realmente es un camión cisterna que recoge la leche para llevarla a la fábrica. Nunca he sabido si usan la leche para embotellar, hacer quesos, yogures o cualquier otra cosa.
Por un lado están los que viven y, por supuesto, trabajan en el pueblo; esperan con sus cubos deseando que llegue el dichoso camión para ir a hacer las miles de tareas que tienen aún pendientes.
Por otro lado estamos los veraneantes, que es así como nos llaman, y es que, aunque hayamos visto esto muchas veces, siempre nos llama la atención volver a verlo, además, tampoco hay mucho más que hacer.

Allí estamos todos; todos nos conocemos y como en todo sitio pequeño, todos somos amigos, aunque como es normal, de unos más que de otros. Los mayores charlan de cualquier tema y los más jóvenes escuchan, dan vueltas o hacen el cabra, todos menos los que llevan la leche, éstos están pendientes de que nadie les tire el cubo o de que no caiga nada dentro, je, je siempre hay alguna mosca. Entre los “dueños” de cubos hay algunos jóvenes, casi niños, que como faltan manos en todas las casas van ellos a llevar la leche en lugar de sus padres o hermanos mayores.

Por fin llega “la lechera” pitando como si no hubiera un mañana, ¿por qué narices lo hace si siempre llega tarde?, de todas formas y si hay alguien que no está tampoco lo espera, es absurdo.

Aquí hay que hacer otro inciso, es regla de todo pueblo pequeño acostumbrarse a los pitidos, aquí pita la lechera, pita el panadero, pita el melonero, pita todo el mundo que viene a vender algo y, además, por si fueran pocos lo pitidos, después pasa el alguacil con su “turuta” anunciando por todas las calles el camión que ha llegado a vender: tuuuuu, tuuuuu, tuuuuuuuuuu que está en la plaza el meloneeeeerooooooooo. avanza un cacho y en la siguiente esquina otra vez, así hasta recorrer todo el pueblo.. Eso sí, luego el melonero de turno le tiene que dar su tarifa, que creo que no será mucha, pero es una ayuda.

Se baja el conductor de la lechera y comienza a pasar lista: Pepito, 28 litros (dice Pepito) lo apunta, coge los cubos y los echa a una cuba desde donde se bombea a la cisterna; Juanita, 32 litros, Menganito, 12 litros,... y así hasta completar la lista. A veces el repaso de la lista se detiene porque a algunos les verifica las cantidad de leche y también coge muestra para analizarla posteriormente, es algo aleatorio, un compromiso entre control y rapidez del servicio.

Después de un ratillo, la cosa va rápida, ahí no queda nadie, tan solo algún veraneante y alguno con cubo que se ha entretenido a charlar, pero al poco de salir disparada la lechera al siguiente pueblo cada uno pasamos a una tarea nueva.

Son la doce de la mañana de agosto y el sol pega con fuerza, en ese momento lo mejor es ir hasta el potro a ver qué se cuece. Normalmente la gente que no tiene otra cosa mejor que hacer va al potro para sentarse a la sombra y charlar de cosas triviales o importantes, según el día y según cómo se mire.

Hoy hay “suerte” y está Nisio (el herrero) herrando unas vacas. Esta es otra de las atracciones del pueblo que llaman la atención de los veraneantes. Al igual que con la lechera lo hemos visto cien veces, pero aun así nos llama la atención. Las vacas entran, no sin “refunfuñar” por la parte de atrás del potro, no les queda otra, por mucho que no quieran al final entran. El potro es un espacio rodeado de columnas de granito con entrada por detrás y al fondo hay un yugo donde la vaca mete la cabeza por debajo y se la ata. Por otro lado se le pasan unas cintas de cuero por debajo de la barriga, estas cintas se sujetan en unos
palos giratorios y por efecto polea se sube un poco a la vaca, lo justo para que no pueda hacer mucha fuerza con las pezuñas sobre el suelo y no se mueva mucho. En este momento lo normal es que la vaca haga caca (jope, pega) pobrecitas se asustan un montón. Una vez sujetas se coge una pata, se ata a las maderas longitudinales de forma que quede hacia arriba la pezuña, se quitan las herraduras viejas, hacen la manicura y se ponen las herraduras nuevas. Las vacas llevan dos herraduras en forma de paréntesis, algo así “( )“ en cada pezuña. Por muy bien que esté atada, la pobre vaca a veces se revuelve y entonces se oye un griterío de los mayores que son los que estan al asunto….”Pero doooode vaaas, estaaate quieeeetaaaaa, !maldita vaca!”, todos al unísono, están sincronizados.

Cuando se hierra a un burro o mulo la cosa es más tranquila, de hecho ni siquiera les atan.

Hoy se nos va a fastidiar un poco la tertulia mañanera a la sombra del potro, ya han terminado de herrar, pero a pesar de que Nisio ha limpiado la megaplasta de vaca quedan salpicaduras y un perfume nada agradable, procuramos quedarnos por la parte delantera, lejos del “ambientador” y allí seguimos otro rato.

Vemos pasar a las mujeres con cestas, es la comida para las eras. En esta época la gente está a la trilla y están prácticamente todos todo el día dando vueltas y vueltas en el trillo, recogiendo la parva cuando ya está lisita y poniendo una parva nueva para volver a lo mismo otra vez. A mi me gusta ver cuando empiezan una parva, aunque extiendan bien la mies siempre quedan montañas y es un poco como un trillo 4x4 (seguro que al que está encima del trillo no le mola tanto)

Hay que ver lo bien que se está en la sombra y sobre todo cuando hay alguno de los mayores contándonos historias, a mi me gusta cuando está tío Logio (si, aquí decir Eulogio cuesta), siempre está de bromas y con una sonrisa en la cara con su cigarro de ideales en la boca invitándonos a ir a trabajar a la era: Pero qué hacéis aquíiiii, id a la era a trillar un rato, so zánganos, que sois unos zánganos. Nos reímos porque sabemos que está de broma.

Visto lo visto y la hora que es decidimos dar una vuelta a ver qué se cuece, salimos dirección al cementerio y vemos a Fin subido al andamio “vigilado” por una piara de niños que están viendo lo que hace, aquí siempre hay alguien mirando lo que hacen los que trabajan. Fin se acerca a su cerveza, le echa un trago y continúa su tarea sin dar demasiada importancia a los mirones. Hay que decir que estos mirones le vienen bien, porque así, al mismo tiempo que trabaja puede charlar con alguien. Como anécdota voy a decir que a Fin le gusta la cerveza del tiempo aunque sea verano que si no se le pasa la garganta. Si además la dejas un rato en el andamio mejor que mejor. Aprovechando el público, pide a un niño que vaya al bar a comprar un paquete de tabaco, el niño refunfuña un poco, pero a eso no se suele negar nadie ya que si se entera tu padre lo mismo te cae un capón.

Después de un ratillo contemplando la obra de Fin decidimos ir a echar una cerveza, pero es un decir tanto lo de echar como lo de una… son botellines, no hay grifo y seguro que caen cuatro o cinco o, … si estamos diez, pues diez o doce, no se va a quedar uno sin pagar ¿no?. Hoy vamos donde Sidra que nos pilla más cerca, pero también tenemos a Julia que nos atiende igual de fenomenal. Eso sí, aquí todavía no han llegado las cámaras industriales y tiran de frigorífico, por tanto si te descuidas un poco, o si se te cuela antes un grupo grande te quedas sin cerveza fría. A la que bajamos vemos a un grupo de niños que sube con helado de naranja, helados “made in Arevalillo”, tampoco han llegado los helados normales y aqui los hacemos haciendo cubitos a una fanta de naranja o de limón y poniendo un palillo en cada agujero de la cubitera.

Entramos y nos vamos al fondo, hemos tenido suerte, está vacío y tenemos el poco espacio que hay para nosotros solos. Me encanta ese olor, la mezcla del frescor y del vino, solo lo pueden saber aquellos que han estado en una bodega de las que hay en algunas ciudades y venden vino a granel para llevar a casa, es el mismo olor.
Mientras estamos ocupados con nuestras cervezas y nuestras polémicas que no van a ninguna lado entra Bernardo a hacer una paradita, saluda, pide su vino y al momento sale de nuevo por la puerta, una recarga rapidita de batería.

Al final nos hemos liado y hay que salir corriendo para comer, que luego me dicen que vaya horas, aunque después de siete cervezas a palo seco (tampoco han llegado los aperitivos que son cosa de la ciudad y pueblos grandes como Piedrahita) el hambre ya no es el mismo.

De camino a casa para comer se nota el cambio de actividad en el pueblo, la gente de aquí come pronto y a estas horas están echados la siesta, muchos de ellos en la era, debajo del carro.El pueblo se queda paralizado durante un tiempo.
Al final resulta que no está aún la comida y me siento en la sombra de la casa de Gelita a charlar un rato con Julian y Miguel Angel que excepcionalmente están ahí a esas horas. Que gran hombre Julian, tampoco le falta una sonrisa, tendrá sus momentos como todo el mundo, pero yo siempre le veo con ganas de bromear.

A comeeer dice mi madre por la ventana y, disparados para dentro.

Hoy tenemos patatas con costilla, cinta de lomo y lechuga, todo autóctono o casi. Las patatas de “los pajas” y la lechuga también, tienen un huerto bien hermoso. La costilla y la cinta de lomo de la carnicería de Piedrahita, que al igual que la leche, hay que probarlas, nada que ver con lo que hay en Madrid u otra ciudad. De postre, je, je, ¡adivinad!


Una vez que comes tampoco hay gran cosa que hacer, como no me echo la siesta, normalmente voy a casa de la vecina a ver la serie de después de comer. SI, las teles son un bien casi de lujo que no tiene mucha gente aún. Del teléfono ya ni te hablo, solo hay uno para todo el pueblo, si alguien quiere hablar contigo llama a casa de Valeriana que es la propietaria de la unica linea de telefono y le dice a qué hora vuelve a llamar, Valeriana se las apaña para avisarte y que estés presente cuando vuelva a llamar el interesado.

Después de la serie o la siesta las mujeres que no van al campo se juntan en la puerta de alguna casa a la sombra para escuchar la novela en la radio y coser o hacer punto. Yo me acerco de nuevo al potro, esta vez con la bicicleta para ampliar los límites del paseo. Todavía hace calor, pero ya no tanto y decidimos dar una vuelta con las bicis por las eras, a ver cómo les va a Valentin, a su hermano Alicio, a Rodri, a Carlines, … Hacemos una visita rápida, a veces nos dejan subir un rato en el trillo, mola, ir ahí dando vueltas atizando a la yunta. Mola un rato y cuando lo haces por divertirte, pero Valentin no piensa lo mismo.

Cogemos las bicis y salimos lanzados rumbo a La Aldea que está a dos kilómetros. El recorrido está muy bien, sobre todo la ida que es por carretera y cuesta abajo.
Llegamos y todo el mundo nos mira, enseguida nos preguntan: ¿de dónde sois?, “de Arevalillo” (decimos) y, claro está, es obligada la siguiente pregunta ¿y de quien sois?. En estos pueblos que están unos al lado de otros se conoce todo el mundo, y si no conocen a tus padres conocen a tus abuelos. Nos tomamos algo en el bar y nos volvemos.

Nos pasamos de nuevo a ver a Valentin que está preparando el látigo para cazar aguiones (vencejos) por las tardes se juntan montones de ellos dando vueltas y vueltas esperando coger algo de comida. Un látigo de estos es un cacho palo con un alambre largo en la punta o una cuerda con un peso en el extremo y que lo mueves por el aire a ver si das a algún pájaro.

Mientras estamos allí pasa Rodri con las mulas a todo trote, cómo va el tio, monta mejor en mula que yo en bici.

La gente ya está un poco de recogida, va moviendo el ganado a los “praos” donde va a pasar la noche. Voy a dejar la bici y me cruzo con Valen que va con las vacas a darles agua en el pilón. A este tampoco le falta nunca una sonrisa, te mira, sonríe y te dice cualquier cosa con una simpatía que pocos superan. A estas horas es normal encontrarte más o menos con todo el mundo, según por que zona te muevas te encuentras con unos u otros ya que todos hacen más o menos los mismos recorridos cada día, los que cambiamos de ruta somos nosotros, los veraneantes. Hoy como iba hacia mi casa me he encontrado con Adrian y un poco más abajo con Valerio y Mari que llevaban las vacas a algún sitio. Que bonita está la calle, llena de cagaditas de vaca por todas partes. Con tanto trasiego de vaca de una lado para otro el pueblo se llena de estos olorosos regalitos, aunque no nos molestan mucho pues ya estamos acostumbrados, bueno, cuando pisamos uno si nos acordamos de la vaca y de su ascendencia.

Todavía no es muy tarde y llego a tiempo de acompañar a Tini y mi hermana a llevar a las vacas al prao, nada, un paseito de hora y media entre ir y volver. Nunca he entendido estos paseos tan largos, supongo que no tendrán otro lugar donde dejarlas, pero es que luego por la mañana hay que volver traerlas de nuevo al pueblo, sus motivos tendrán, pero jamás los he conocido. Se pierde mucho tiempo en desplazamientos sobre todo porque prácticamente nadie tiene coche y moto mucho menos, ni siquiera usan bicicleta.

Volvemos a tiempo para cenar, todavía no ha anochecido, pero ya estamos cenando, aquí se cena como tarde a las nueve.

Es cenar y salir disparados a la plaza, queda lo mejor del día, nos juntamos cada uno con su grupo de amigos. Como he dicho antes, todos nos conocemos y nos relacionamos, pero como en todas partes te juntas más con unos que con otros. ¿qué hacemos en la plaza?, pues lo que se nos ocurre. Unos dias simplemente charlar y hacer el tonto, otras jugamos a tordo y otras a bote bolero, ¡que más da!, hagamos lo que hagamos lo disfrutamos un montón.

Aquí no hay hora para volver a casa, podemos estar hasta que nos apetezca tengas 16 años, 14 o 12, da igual, pero normalmente no vamos más allá de las 2 de la madrugada.
Os habréis dado cuenta, no vamos al bar por la noche, preferimos estar al fresco, puede que puntualmente bajemos a por una cerveza o algo, pero no solemos estar allí. Al bar suelen bajar nuestros padres que lo petan y no cabe un alma.

Además de hacer el burro un rato, hemos estado hablando de dónde serán las fiestas los próximos días y a ver si tenemos suerte y encontramos a alguien que nos lleve, todavía no tenemos carnet y coche menos y, como he dicho antes, aquí los coches escasean. Alguna vez nos hemos ido andando a Piedrahita o a cualquier otro pueblo, pero la suerte es que en estos tiempos, cuando la gente te ve andando por la carretera, para, te pregunta a dónde vas, y si les cuadra te llevan. Bueno, una vez nos tocó volver andando desde Narrillos (casi diez kilómetros), llegamos a las seis de la mañana y ya estaba todo el mundo metiendo paja en los pajares. Recuerdo que vi a Valen y se partía de risa: ¿Pero donde vais a estas horas? ¡¡vaya canalla que estáis hechos!!

Los sábados no mola llegar muy tarde de fiesta ya que luego el domingo hay misa y hay que ir, porque si no Dios te castiga. Los madrileños todavía tenemos un poco de licencia para saltarnos esta obligación (algunos), pero los que viven en el pueblo lo tienen difícil, están obligados a ir.

Es una noche calurosa y, a pesar del frescor abulense, hace algo de calor por lo tanto decidimos dar una vuelta hasta el cruce. Encendemos la linterna para no tropezar con alguna piedra, si, linterna. La iluminación del pueblo consiste en cuatro farolas con bombillas de potencia nula que tan solo dan para localizar alguna esquina. Aquí, en cuanto oscurece, todo el mundo sale con linterna, la más común la de pila de petaca. Tomamos la carretera de salida del pueblo y ya fuera la poca luna que hay nos permite ver la carretera y saber por dónde vamos, ¡¡qué gozada!!, ¡¡ese olor de “las enterrenes”!!, primero a estiércol ya que hay unos cuantos mudadales y montañas de basura de casa, pero luego cambia; llega el olor a frescor de la hierba del río, el cantar de los grillos y si miras arriba, distingues perfectamente la Vía Láctea y las estrellas..



Despierto, abro los ojos, hay silencio.

¡Ufs! ¡Qué frío!

Me levanto, enciendo la estufa de leña, la dejé ayer preparada ya que, a estas alturas, uno ya no es un crío y eso de pasar frío no viene bien a los huesos. Enciendo la cafetera para que se vaya calentando, abro la nevera y saco el brik de leche, caliento un vaso en el microondas y me hago un café de cápsulas. Aún echo de menos ese café portugues de puchero que hacía mi madre, no es que fuera mejor, pero estando aquí, me llegan esos recuerdos de olor a café cociendo en el puchero. Me tomo un par de magdalenas de Jesús el de Malpartida, al menos no son industriales.

Cojo un palo y salgo a la calle, es primavera, no hay prácticamente nadie en el pueblo, quedan algunos jubilados ya muy mayores y algún joven que se quedó, pero puedes pasar tres veces por cada calle y no ver a nadie.

¡Qué pena! cuán distinta es esta visión del sueño recordando viejos tiempos que he tenido esta noche.

Salgo por “Las enterrenes” y el olor no ha cambiado, bueno, si. Ahora ya no hay mudadales ni basura doméstica, pero permanece el olor a naturaleza y frescor. Voy a dar un paseo hasta los pinos y quizá un poco más, casi dos horas. Curioso, lo de ir a llevar la vacas de Tini, que era hora y media, me parecía una eternidad y ahora son dos horas y me parece poco. Cómo cambian las cosas.

En el recorrido no he encontrado a nadie, algunas vacas en algún que otro prao, algún lagarto y moscas, putas moscas, de donde saldrán. Me he acercado a “los lanchales” y he disfrutado un rato del paisaje viendo esa sucesión infinita de encinas una tras otra hasta hacerse indistinguibles en el horizonte. Como el día estaba claro se divisaba el embalse de Santa Teresa que está a veinte kilómetros en línea recta.
Al llegar al pueblo he ido a tomar una cerveza donde Kika, ahí hemos estado los dos, dándonos conversación. Después he bajado donde Angelines y me he tomado otra. Es común ir más o menos por igual a los dos bares.

El día pasa tranquilo, después de comer en casa y descansar un rato he subido a la plaza, a veces hay alguien y puedes charlar un rato, da igual quién esté, siempre sale tema de conversación.

Por la noche no se si saldré a tomar algo o me quedaré en casa viendo una película, depende cómo lo vea, pues puede que baje y no haya ambiente, vamos que estén Joaquin y Gorio solos detrás de la barra, por las noches es más frecuente que estén ellos en lugar de las mujeres.



Despierto, abro los ojos

¡¡buffs que ruido!!

Se oye la dulzaina y el tamboril, mucho murmullo en la calle y un sin cesar de pasar coches ¿estaré soñando otra vez?

Ah, no, ya recuerdo, los años me han hecho lento, pero seguro; es la fiesta de Junio.

Desde hace unos años se celebra una fiesta en Junio en la que venimos todos los que “somos” directa o indirectamente del pueblo. Venimos a reunirnos, a vernos de nuevo, a divertirnos y, como no, a comer y beber.
Después de que se fuera el último habitante del pueblo algunos decidimos organizar algo para seguir viéndonos. Es verdad que la gente viene de vez en cuando, algún fin de semana suelto, en verano, en la fiesta de agosto que se sigue celebrando, pero por lo general no coincides con casi nadie ya que es un ir y venir constante. A veces coincides con uno y no vuelves a coincidir con él en cuatro o cinco años.

El último fin de semana de Junio, ya cuando los niños, nietos y biznietos han terminado el colegio, los universitarios están liberados de sus quehaceres y la gente todavia no esta de vacaciones, organizamos la “fiesta de Junio” con el fin de poder vernos todos a la vez. Qué alegría da ver al pueblo rebosante de coches, gente y ruido como antiguamente.
Volvemos a tener bar, en este caso es una gran carpa con camareros contratados, pero eso permite que nadie tenga que trabajar y todo el mundo pueda disfrutar de un par de días recordando viejos tiempos.


Dos días en los que el bullir de gente hace que un pequeño pueblo de la Castilla profunda siga siendo recordado a pesar de los ataques de esta sociedad tan moderna y tan injusta.


Mirando atrás…

Cómo ha cambiado todo en apenas cincuenta años
¿Cómo será todo dentro de otros cincuenta?


^^Arriba^^

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